miércoles, 3 de junio de 2015

Capítulo XIX - Epifanía.

     Me levanté lentamente abriendo los ojos, observé a mi alrededor y pude contemplar donde me encontraba, ¡Que hermoso! la arena tocaba mis pies desnudos y el agua del mar rozaba mis talones, el cielo era perfectamente azul, las nubes completamente blancas, juraría que podía sentir la brisa rozar mi rostro. Varios pájaros muy hermosos volaban de un lado a otro sobre las palmeras, las cuales se veían llenas de vida, comencé a caminar hasta llegar a la sombra que daban aquellos arboles. Pude contemplar la playa con tranquilidad y luego de un momento -Aunque debo admitir que si transcurrió bastante tiempo- me di cuenta que era la misma playa del sueño que alguna vez tuve, pero en esta ocasión no se encontraba Emilio ni Jessica, a cambio, se encontraba Miguel, lucía muy hermoso, con cada movimiento de su cuerpo se veía tan radiante. Cuando me dispuse a caminar hacia él una chica se acerco hasta llegar a su lado, aquella chica lucía idéntica a mí, se dieron un abrazo muy cálido y luego un beso el cual irradiaba amor. Me encontraba totalmente confundida ¿Cómo podría estar yo allá con él? Quizá podría ser la chica por la cual decidió quitarse la vida, pero no era así, al darse vuelta pude observar su rostro y descubrí lo que me pareció lo más extraño que me había pasado hasta los momentos; era yo, esa chica al lado de Miguel, la cual él la llevaba de la mano con una sonrisa radiante era yo, entonces ahí entendí que estaba frente a una epifanía, o por lo menos es lo que pensé.
     Me sumergí en mis pensamientos y en lo que estaba pasando ¿Podría ser cierto? ¿Pero cómo estaríamos juntos? Seguro él no querría verme más nunca, cada vez que ha intentado ser bueno conmigo yo solo le respondo de mala manera, he sido muy mala persona con él, no he sido nada agradecida, como lo he sido con todos. De tanto pensar en todo ello no pude determinar que todo se desvanecía a mi alrededor sino hasta que me encontré rodeada de oscuridad, ya comenzaba a odiar que esto sucediera, no era nada agradable, no conseguía orientación, no podía observar nada más que oscuridad. No pudo haber pasado mucho tiempo cuando escuché un grito el cual desconocía de donde provenía, no sé por qué lo hice, quizá por instinto, pero corrí en dirección hacia los gritos.

     -¡Ayuda! ¡Por favor ayuda! ¡Alguien que me ayude por favor!

     Estaba ya muy nerviosa, quería ayudar, quería saber de donde provenían los gritos, corría con todas mis fuerzas hasta que fui vislumbrando una carretera al frente de mi, todo lo que podría observar era el asfalto a mi pies, a cada lado de la vía habían arboles que no dejaban ver más allá que sus ramas y troncos. Las luces eran tenues, a medida que avanzaba los gritos se hacían más fuertes y las luces más intensas. A pocos metros frente a mi había un auto volcado, el pavimento mojado y una chica arrodillada a un lado llorando y gritando sobre el cuerpo de un chico, ellos poseían similitudes a Miguel y a mí. El chico tendido inerte en el suelo estaba lleno de sangre y aquella chica gritaba y lloraba implorando, pidiendo ayuda.

     -Por favor que alguien me ayude, por favor, no te mueras amor, por favor soporta, no te vayas por favor, no te mueras... ¡Ayuda! - Podía sentir su dolor y su desesperación.

     Logré acercarme disminuyendo lentamente el paso, observé alrededor y no había nadie más que nosotros.

     -Tranquila aquí estoy, déjame llamar y pedir ayuda, todo va a estar bien. - Aquella chica hizo caso omiso a lo que le decía, simplemente gritaba y lloraba desesperada. - Tranquila yo te ayudo, aquí estoy, todo va a salir bien.

     Acerqué mi mano a su hombro para tratar de hacer que se calmara y simplemente la traspasé, quedé totalmente atónita, no recordaba que estaba muerta, simplemente no podía hacer nada, solo verla llorar y sufrir mientras el amor de su vida moría. Ahora me encontraba totalmente desesperada, quería hacer algo, deseaba ayudarla, pero simplemente no podía.

     -Adriana.
 
     Escuché que me llamaban muy cerca, volteé y ahí se encontraba Miguel, parado frente a mí jadeando y su mirada delataba la preocupación que sentía. No supe cómo reaccionar, lo observé por un momento y me acerqué a él apresurada y me lancé sobre él abrazándolo. 

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