domingo, 28 de junio de 2015

Capítulo XXI - Pensamos más de lo que actuamos.

     Nos concentramos en pensar que la vida debe ser justa con nosotros en todo momento, y la juzgamos cuando no somos afortunados con lo que realmente deseamos serlo, simplemente repetimos una y otra vez que carecemos de suerte, que somos desdichados. Comenzamos a obrar bien pero esperando algo a cambio, dejando a un lado todo lo aprendido, dejando atrás aquella frase; Obremos bien sin esperar nada a cambio. Ese simple error lo seguía cometiendo aún después de muerto.
     Cuando aún vivía y estaba junto a Camila debo admitir que cometí muchos errores. Siempre quise lo mejor para los dos, me esforzaba por darle cada cosa que pudiese que la hiciera feliz, trataba de estar con ella el mayor tiempo posible y aprovecharlo, hice -a mi parecer- tanto bien a nuestra relación que terminó siendo malo, siempre le di todo mi apoyo al igual que mi familia, nunca dejé de desearle lo mejor y lo que recibí a cambio fue una traición; se alejó de mi, se fue con alguien más sin siquiera pensar en todo lo que hice por ella. Entonces ahí es donde se encuentra el detalle, se suponía que todo lo que hacía era porque mi corazón me lo dictaba, simples actos despreocupados, pero eso no fue tal cual, una parte de mi lo hacía para mantenerla a mi lado, pues junto a ella me sentía tan feliz, tan especial, tan a gusto que vulgarmente quise comprar su amor, y está sobreentendido que nada de lo que hice sirvió, era de esperar que tarde o temprano ella se iría de mi lado.
     Era tan grande lo que sentía por esa chica que cuando se alejó fue un choque muy fuerte a mi ser, no podía aceptar lo que estaba pasando, y ahí fue donde se originó mi punte de quiebre. Me encontraba en mi casa solo, no pasaban las veinte horas mientras que mi ansiedad crecía en conjunto a la tristeza, decidí levantarme y salir de la casa, caminé no por mucho tiempo hasta llegar a una tienda y compré licor suficiente como para caer en coma etílico, realmente no pensaba, solo actuaba. De regreso a casa recordé que un vecino amigo mío un día me dijo borracho que conseguía droga con facilidad, no me costó pensar mucho en llamarlo y pedir que me consiguiera un poco, en un cuarto de hora ya me la estaba entregando, entonces en ese instante fue donde inició el fin de mi estadía en la tierra. Al llegar a casa serví el primer vaso con licor y lo bebí completo de un solo trago, sentí como me quemó toda  la garganta y bajaba hasta llegar a mi estomago,serví el segundo y lo tomé de la misma forma, arrugando mi rostro por el desagrado, luego serví el tercer trago y encendí una varilla, bebía y fumaba intercalando pero tan rápido como se desboronaba mi alma.
     Una a una fueron cayendo las lágrimas por mis mejillas, el olor que desprendía la varilla impregnaba todo lo que se encontraba a mi alrededor, sin dejar de contar mi ropa y mi piel, comencé a sentirme mareado, los labios y la lengua empezaron a adormecerse, dejando sentir ese característico hormigueo, perdiendo poco a poco la sensibilidad. Por más que me mordiera la lengua o pellizcara los labios no sentía dolor. Cerré los ojos por un segundo y todo el universo se movió bruscamente a mi alrededor, haciéndome perder estabilidad y desplomándome en el suelo. Esta era mi agonía, se sentía como el final. Comencé a buscar mi celular arrastrándome por el suelo de la habitación hasta obtenerlo, lo cogí con mis manos como pude y cometí mi peor error; Llamar a Camila.

     -¿Aló Miguel?
     -Camila, Camila, T-te amo - Balbuceé.
     -¿Estas bebiendo?
     -Te amo Camilia - Era lo único que podía modular a decir verdad.
     -Ya Miguel en serio, ya lo nuestro se acabó.

     Y esas fueron las ultimas palabras que escuché de su parte, las cuales me perturban hasta el día de hoy.
     Cuando culminó esa llama salí de mi casa y comencé a correr por la calle sin rumbo fijo, solo quería correr, la brisa  silbaba en mis oídos, el frío helaba mi nariz y mis piernas fallaban de vez en cuando haciendo que me tambalease, pero sin prestar mucha atención a todo aquello seguía mi camino, y de repente todo se vuelve en silencio. No recuerdo mucho lo que pasó, tan solo en mi memoria existen en vago recuerdo de unas luces, y un golpe muy estruendoso antes de que todo se convirtiese en tinieblas. 

martes, 9 de junio de 2015

Capítulo XX - Entre sus brazos.

     Sentirlo tan cerca de mí fue muy gratificante, hizo que me calmara. A pesar de que no quería soltar debí hacerlo, lo miré a los ojos con dolor por la escena que estábamos presenciando.

     -Quiero ayudarlos Miguel, debemos ayudarlos - Le dije preocupada, él solo me observaba sin hacer nada. - Debemos hacer algo, no podemos dejar que él muera. - Me perturbaba ver que Miguel no hacía nada.

      No comprendía absolutamente nada de lo que pasaba ¿Por qué Miguel no hacía nada? No se movía, no me respondía ni con un solo gesto. De la nada me abrazó por pocos segundos, luego retrocedió dos pasos.

     -No podemos hace nada, no lo podemos salvar, ya no se puede hacer nada.

     Y con sus palabras fue desvaneciéndose ante mis ojos, luego volteo y ya no se encontraba ni la chica, ni su amado, ni el carro, habían desaparecido por completo, no me di cuenta en qué momento pasó, en qué momento dejé de escuchar los gritos desesperados. Estaba cansada de sentirme confundida, de no saber qué pasaba, de no comprender nada, cerré mis ojos tan fuerte como pude al igual que mis manos, apretando los puños y repitiéndome a mi misma una y otra vez; no quiero estar aquí, no quiero estar aquí, no quiero estar aquí...
     Sentí un vacío, esa sensación de estar flotando, y debo admitir que no me preocupé, al contrario, me hizo sentir relajada, pero aquella sensación no duró mucho cómo ha sido todo desde un principio desde que morí, comencé a sentir como me rodeaba un ambiente húmedo, ligero, alegre, lleno de paz, pude percibir bajo mis pies  el césped fresco, comencé a escuchar a los pájaros cantar y revolotear alrededor de mí, abrí mis ojos y confirmé lo que sospechaba; me encontraba en mi lugar de confort.
     Comencé a caminar acercándome al lado que se encontraba en frente de mí, con cada paso que daba podía sentir como el césped rozaba cada parte de mis pies descalzos, percibía la humedad que había en él, los pájaros me pasaban revoloteando por un lado sobre mi cabeza, los árboles danzaban majestuosamente en los alrededores de aquel esplendido lago. Al llegar a la orilla me senté y cogí un puñado de piedras que había cerca, comencé a arrojarlas una a una irrumpiendo en la tranquilidad del agua. Me quedé observando las hondas que hacían las piedras, que majestuosa es la naturaleza, que hermoso es este lugar, en eso es lo único que podía pensar.

     -Cómo desearía que Miguel estuviese aquí - Dije luego de suspirar, pues realmente eso era lo que deseaba, no tenía a nadie más acá.
     -Los deseos se pueden volver realidad.

     Volteé de ipso facto al escuchar esa dulce voz; Miguel se encontraba parado detrás de mí viéndome fijamente con una leve sonrisa. Me levanté rápidamente quedando frente a él y lo abracé.

     -Gracias por estar aquí, gracias por venir.
     -No tienes que agradecer nada.

     Dejé de abrazarlo y lo observaba muy emocionada, ya no era tan extraño sentirme así estando a su lado, no me estaba acostumbrando, pero si asimilaba cada cosa que pasaba en mi interior.

     -Vamos a sentarnos, es mejor.
     -Sí, sentémonos - Dije un poco nerviosa.

     Nos sentamos frente al lago y lo observamos por un largo rato, no pude evitar recostarme de su hombro y rodear su brazo con los míos, me encontraba en el éxtasis de la felicidad y la calma.

     -Me da vergüenza en estos momentos pedirte disculpas por mi actitud...
     -Tranquila Adriana, desde un principio te dije que estaría aquí para ayudarte y acompañarte - Me interrumpió sin prestar mucha atención a lo que yo decía.
   
     Me incorporé y me volteé para verlo de frente.
   
     -Déjame terminar de hablar por favor.
    -Está bien, soy todo oídos entonces. - Respondió mostrándome su hermosa sonrisa una vez más, esa sonrisa que me desconcentraba.
    -No ha sido fácil para mí, y estoy muy agradecida por estar conmigo desde ese primer día que llegué, estoy totalmente agradecida, sé que me he comportado como toda una idiota, y no lo hago a propósito, puedo decir que hasta hace poco no podía olvidar a Emilio, hasta que me alejé de ti y terminé en la casa de él y pude darme cuenta quién era él realmente, pude verlo estando con Jessica, y eso terminó de desilusionarme, y a su vez me hizo darme cuenta de qué es lo que realmente importa en este momento - Suspiré y lo miré fijamente a los ojos - A demás, hay algo que no está concluido todavía y deseo cerrar ese ciclo.
     -¿Qué cosa es? - Me pregunta intrigado.

     Acerqué mi rostro al suyo cerrando los ojos hasta unir mis labios a los de él; comencé a darle un beso el cual fue correspondido de su parte, me sentí libre, feliz, en paz, como si ya nada existiese más que nosotros dos, no duró mucho pero para mí fue una eternidad, la más larga y placentera que pude experimentar. Al alejar nuestros rostros nos miramos fijamente y debo admitir que me perdí en su mirada.

     -Es más mágico de lo que llegué a imaginar.

     No supe cómo responder, así que simplemente lo volví a besar, luego me recosté de su pecho y él me rodeó con sus brazos dándome el más cálido y gratificante abrazo que he podido recibir, cerré los ojos y me perdí en la oscuridad, solo flotaba y de vez en cuando observaba momentos con mi madre, con mi abuela y con mi padrastro, todos esos momentos felices a los cuales se le unía este momento mágico junto a Miguel.

miércoles, 3 de junio de 2015

Capítulo XIX - Epifanía.

     Me levanté lentamente abriendo los ojos, observé a mi alrededor y pude contemplar donde me encontraba, ¡Que hermoso! la arena tocaba mis pies desnudos y el agua del mar rozaba mis talones, el cielo era perfectamente azul, las nubes completamente blancas, juraría que podía sentir la brisa rozar mi rostro. Varios pájaros muy hermosos volaban de un lado a otro sobre las palmeras, las cuales se veían llenas de vida, comencé a caminar hasta llegar a la sombra que daban aquellos arboles. Pude contemplar la playa con tranquilidad y luego de un momento -Aunque debo admitir que si transcurrió bastante tiempo- me di cuenta que era la misma playa del sueño que alguna vez tuve, pero en esta ocasión no se encontraba Emilio ni Jessica, a cambio, se encontraba Miguel, lucía muy hermoso, con cada movimiento de su cuerpo se veía tan radiante. Cuando me dispuse a caminar hacia él una chica se acerco hasta llegar a su lado, aquella chica lucía idéntica a mí, se dieron un abrazo muy cálido y luego un beso el cual irradiaba amor. Me encontraba totalmente confundida ¿Cómo podría estar yo allá con él? Quizá podría ser la chica por la cual decidió quitarse la vida, pero no era así, al darse vuelta pude observar su rostro y descubrí lo que me pareció lo más extraño que me había pasado hasta los momentos; era yo, esa chica al lado de Miguel, la cual él la llevaba de la mano con una sonrisa radiante era yo, entonces ahí entendí que estaba frente a una epifanía, o por lo menos es lo que pensé.
     Me sumergí en mis pensamientos y en lo que estaba pasando ¿Podría ser cierto? ¿Pero cómo estaríamos juntos? Seguro él no querría verme más nunca, cada vez que ha intentado ser bueno conmigo yo solo le respondo de mala manera, he sido muy mala persona con él, no he sido nada agradecida, como lo he sido con todos. De tanto pensar en todo ello no pude determinar que todo se desvanecía a mi alrededor sino hasta que me encontré rodeada de oscuridad, ya comenzaba a odiar que esto sucediera, no era nada agradable, no conseguía orientación, no podía observar nada más que oscuridad. No pudo haber pasado mucho tiempo cuando escuché un grito el cual desconocía de donde provenía, no sé por qué lo hice, quizá por instinto, pero corrí en dirección hacia los gritos.

     -¡Ayuda! ¡Por favor ayuda! ¡Alguien que me ayude por favor!

     Estaba ya muy nerviosa, quería ayudar, quería saber de donde provenían los gritos, corría con todas mis fuerzas hasta que fui vislumbrando una carretera al frente de mi, todo lo que podría observar era el asfalto a mi pies, a cada lado de la vía habían arboles que no dejaban ver más allá que sus ramas y troncos. Las luces eran tenues, a medida que avanzaba los gritos se hacían más fuertes y las luces más intensas. A pocos metros frente a mi había un auto volcado, el pavimento mojado y una chica arrodillada a un lado llorando y gritando sobre el cuerpo de un chico, ellos poseían similitudes a Miguel y a mí. El chico tendido inerte en el suelo estaba lleno de sangre y aquella chica gritaba y lloraba implorando, pidiendo ayuda.

     -Por favor que alguien me ayude, por favor, no te mueras amor, por favor soporta, no te vayas por favor, no te mueras... ¡Ayuda! - Podía sentir su dolor y su desesperación.

     Logré acercarme disminuyendo lentamente el paso, observé alrededor y no había nadie más que nosotros.

     -Tranquila aquí estoy, déjame llamar y pedir ayuda, todo va a estar bien. - Aquella chica hizo caso omiso a lo que le decía, simplemente gritaba y lloraba desesperada. - Tranquila yo te ayudo, aquí estoy, todo va a salir bien.

     Acerqué mi mano a su hombro para tratar de hacer que se calmara y simplemente la traspasé, quedé totalmente atónita, no recordaba que estaba muerta, simplemente no podía hacer nada, solo verla llorar y sufrir mientras el amor de su vida moría. Ahora me encontraba totalmente desesperada, quería hacer algo, deseaba ayudarla, pero simplemente no podía.

     -Adriana.
 
     Escuché que me llamaban muy cerca, volteé y ahí se encontraba Miguel, parado frente a mí jadeando y su mirada delataba la preocupación que sentía. No supe cómo reaccionar, lo observé por un momento y me acerqué a él apresurada y me lancé sobre él abrazándolo.