Todo estaba muy callado, aun seguía con los ojos cerrados, el ambiente dejó de sentirse tenso, toda esa calma se convirtió en paz casi tangible, poco a poco fui olvidando lo que había sucedido. Abrí los ojos y observe a mí alrededor, me encontraba en un lugar hermoso; un campo repleto de flores de distintos colores realmente bellas, arboles repletos de hojas, y justo en frente se encontraba un lago ondeando pequeñas ondas por la brisa. Aquel paisaje era esplendido, me relajó con tan solo contemplarlo. De solo mirar cómo se movían las hojas de los árboles levemente me hacía sentir la brisa aunque realmente no la percibiera. Hacía un atardecer muy hermoso. Todo lo que observaba era como sacado de un cuadro del mejor pintor de todos los tiempos.
Repentinamente el cielo se empezó a tornar oscuro, y a medida que cambiaba comenzaba a sentirme temerosa; Lo que creía que era la relación perfecta, y quien pensaba que era el amor de mi vida, quien nunca me iba a fallar, me defraudó, me traicionó y jugó con mis sentimientos. No lograba comprender del todo como pudo estar con esa chica mientras estaba conmigo.
Ya no podía decirle nada a él, pues estaba muerta.
Volvía a caer en cuenta; me suicidé, sin poder remendarlo, sin vuelta atrás. No podría volver a abrazar a mi mamá, no iba a conocer al bebe que venía en camino, no iba a poder cumplir mi deber de hermana mayor. Ya no podría visitar a mi abuela y escuchar sus maravillosas historias.
Le hice tanto daño a tanta gente al decidir quitarme la vida.
-Eres la peor persona que haya existido, mereces el infierno, mereces vagar la eternidad pagando tus pecados...
Una voz gruesa y realmente terrorífica retumbó en aquel campo ahora oscuro y escaso de vida. Empecé a sentir frío, no sé si fue por aquella voz o por el cambio drástico de clima, pero, ¿Cómo podía sentir el frío del ambiente si tan solo un instante -y desde que morí- no podía?
-Debes pagar todo el sufrimiento que le has hecho sentir a tus familiares... - Volvió aquella voz, resonaba y se apoderaba de mis pensamientos.
Era cierto; yo no merecía el paraíso, fui realmente mala y egoísta.
-¡Sí! ¡Lo merezco! - Grité fuerte cerrando los ojos.
-¡Adriana!
Aquella voz que dijo mi nombre fue totalmente distinta a la que me atormentaba. De la nada alguien me abrazó y luego sentí un vacío, al instante siguiente percibí paz y tranquilidad repentina.